La mujer escribe y eso es lo que importa
- z a p a t o s p i n t a d o s -









5 de julio de 2015

Bita Chiesa Carbajal, 2 prosas poéticas 2


Fotografía de David LaChapelle


Si te viviera sobre mi terraza acumulada de flores y plantas me volvería loca.
Si te viviese eterno frente a mi cabeza, aterrizarían aviones en esa terraza, no habría espacio para más noticias.
Titulares fuera de sí mismos acabarían inundados de palabras,  dándome indicaciones en forma de espirales (como el de tu hombro).   Vive en nosotros la dulzura de una niñez que encarnó su pasado en nuestros ojos ingenuos, somos tan parecidos que aterra, que tanta luz nos quita sombra, que el mundo deja de existir.  Soñamos despiertos ya que no se sabe nada de lo que vendrá.  No se trata de construir los días si no de tenerlos dentro, como hígado, estómago, ovarios, jugos gástricos, corazón -todo en su lugar.  No importa el orden del llanto, no se alteran los órganos si no se cuentan del desgarro.  La mente calladita funciona mejor, y tú, tratando de vivir sobre mi terraza llena de flores y plantas, tratando de volverme loca mientras un avión aterriza sin darme cuenta ni de las noticias...




Ilustración de Fito Espinosa (Lima, 1970)



A veces, las bancas del parque de mi casa se enamoran, llevan consigo un par de humanos repartiéndose piel sin el mínimo pudor incorporado.  La piel regalada desaparece con el poquito viento que sale de sus bocas, y dentro de la frágil burbuja urbana hay un color rojizo opacando las miradas criticonas de los que pasan por su lado y dicen 
“que feo se ve un par de humanos con el corazón en las manos…”







Bita Chiesa Carbajal (Miraflores, Lima, Perú, 1982)
FOTÓGRAFA/POETA
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4 de julio de 2015

Antonio Matamoros, Reloj de arena


Fotografía de Gary Isaacs



RELOJ DE ARENA

Hoy he soñado contigo,
o con alguien
que yo creí que eras tu.
Solo quería que lo supieras.

Atravesabas el océano,
en una especie de balsa, 
o diligencia, mientras, 
no sé cómo, yo te observaba cruzar 
las olas entre krakens, arco iris, 
gaviotas y otras muchas cosas.
Pasaste miedo
porque eras valiente, 
y yo te preguntaba
si habías visto a Dios.
Tu callabas, entre avergonzada 
y temerosa, aunque se
que viste muchas cosas
que no me podías contar.

Después venias a mi casa
y me sacabas de mi calle, 
de mi barrio, de mi vida y, 
sorprendido, me vestías y nos íbamos 
de fiesta.

Ocupábamos una tienda 
y bebíamos hasta casi 
perder la conciencia.
Paso la policía, que no nos dijo nada 
y nos marchamos 
de aquel lugar que, 
entre vino y amigos que nos visitaron 
durante una noche entera, 
hicimos solo nuestra.
Me enamore de ti, esa noche,
por eso creo que eras tu.

Despareciste después,
como un manto negro 
dando pábulo a la niebla. 
Y hablaba de ti la radio,
la televisión y las casas de apuestas
y nadie te localizaba a pesar
del soplo que habías
clavado en mis costillas.
Después venían a recogerme,
no se que amigos,
mientras intentaba localizarte,
inútilmente, a través 
de un numero de teléfono
anotado en una servilleta.

Pero ya no estabas, ni respondías,
habías desaparecido.
Y cuando desperté esta mañana, 
aun me preguntaba cómo la vida
podía parecerse tanto a un sueño
y no saber cuál es la diferencia.
Ahora suenan las noticias
y sé que es hora de dar la vuelta
a mi reloj de arena.





Antonio Matamoros (Badajoz, España, 1973)
su blog: 1001
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