18 de julio de 2018

Alejandra Dening, 4 poemas 4


s/d del autor de la fotografía



LA LÍNEA

El sol calentaba como hoy
así, bonito
en medio del aire fresco.

Estábamos del otro lado del río
y fue como entrar
en un no tiempo
al menos, de a ratos.

Nos sentamos en las rocas
leímos algunos poemas
y había uno en especial
que yo necesitaba leer un poco más
porque sentía
que algo
se me escapaba.

Y vos me decías que no
que había que sentirlo
y ya, que no había que entenderlo.

Pero yo insistía,
porque
necesitaba sentir certeza
y la tuve
cuando al volver al cruzar la línea
y dejar atrás esas rocas y ese sol y ese poema
te escapaste vos.






The Nine, 2016,  dirigida por Katy Grannan






FUGA LIBRE

Vengo en fuga desde el resto de mi vida
y digo: ya basta.

Es hora de mirar el espejo
y jugar a encontrarme.











Fotografía de Valentina Loffredo




NO.NO.PERO.

No me atrevo a acercarme
ni siquiera un milímetro.

No me atrevo, de veras, no me atrevo.
Pero tus labios tienen la medida de mi boca.







Ilustración de Fernando Vicente




IMPOTENCIA

Quise salir
Pero no
Ellos permanecían ahí
No les quise dar el gusto
- venir a matonear así-
(cosa de locos, del siglo pasado, lo sé)

Pero no los puedo acusar de nada
Porque sólo estaban ahí, parados, en esa maldita esquina
- en esa maldita esquina sin un puto farol -

Pero estaban ahí
tan quietos que pude haber acertado al primer disparo
Pero los otros dos, cobardes como sé que son, hubiesen escapado
Y resbalado y caído
- imbéciles-
(hacer gastar al gobierno en ambulancias para ellos)

En fin
Quise salir
Y me quedé
Me quedé sin salir
- y sin matarlos -

(es que ya sé cómo funciona la justicia en este país)






Alejandra Dening 
(Buenos Aires, Argentina, 1975)
POETA/CREATIVA PUBLICITARIA
extraídos de su blog de poesía: LO QUE APARECE
su web: ALEJANDRA DENING
su página: FEISBUKITO POÉTICO
para leer MÁS y MÁS

16 de julio de 2018

Cristina Rivera Garza, Las feministas


Buenos Aires, junio 2018 / Fotografía de Alfonso Sierra



LAS FEMINISTAS

Pronunciaban la palabra. La escupían. La celebraban.
Corrían.

(Atrás de este vocablo debe 
oírse el pasar del viento.)

Hablaban a contrapelo. 
Interrumpiéndose. Ah, tan descaradamente. 
Vivían a la intemperie, que es el 
mismo lugar donde sentían. 
Supongo que así nacieron.
No sabían de refugios, de techos, 
de amparos, de patrocinios.
Estaban heridas de todo (y todo 
aquí quiere decir la historia, el aire, 
el presente, el subjuntivo, el contexto, la fuga).
Agnósticas más que ateas. 
Impactantes más que hermosas. 
Vulnerables más que endebles. Vivas 
más que tú. Más que yo. Estoicas 
más que fuertes. Dichosas más que 
dichas.
Intolerantes. Sí. A veces. 

¿Mencioné ya que eran brutales?
Caminaban en días de iracunda claridad como musas
de sí mismas
(eso ocurría sobre todo en el invierno cuando
los vientos del Santa Ana iban y venían
por los bulevares de Tijuana, arrastrando envolturas
de plástico y el polvo que obliga a cerrar los ojos
y negar la realidad)
a la orilla de todo, bamboleándose
eran la última gota que cuelga de la botella
(la mítica de la felicidad o la aún más mítica
que derrama el vaso o el sexo
impenetrable en la mismidad de su orificio)
y caían.

El colmo.
La epítome.
El acabose.

(Por debajo de estas frases debe olerse el tufo que deja
tras de sí el viento horizontal).

Supongo que sólo con el tiempo se volvieron así.

Con hombres o, a veces, sin ellos, besaban
labiodentalmente.
Y se mudaban de casa y se cambiaban los calcetines
y preparaban arroz.
Y bajaban las escaleras y tomaban taxis y no sentían
compasión.
Decían: Este es el viento que todo lo limpia.
Y pronunciaban la palabra. Enfáticas. Tenaces.
Prehumanas.

Tajantes. Sí. Con frecuencia.
Conmovedoras más que alucinadas. Sibilinas más
que conscientes. Subrepticias más que críticas.
Hipertextuales. Claridosas.

Estoy segura que ya mencioné que eran brutales.

Fumaban de manera inequívoca.
Cambiaban de página con la devoción y el cuidado
minimalista de las enamoradas.
Siempre andaban enamoradas.
En los días sequísimos del Santa Ana elevaban
los rostros y se dedicaban a ver (podían pasar horas
así) esas aves que, sobre sus cabezas, remontaban
lúcidamente el antagonismo del aire.

Y el Santa Ana (y aquí debe oírse una y otra vez
la palabra) (una y otra vez) despeinaba entonces
sus vastas cabelleras ariscas. Sus cruentas pestañas
(una y otra vez).




Cristina Rivera Garza
(Matamoros, Tamaulipas, México, 1964)
ESCRITORA/POETA/CATEDRÁTICA/HISTORIADORA
para leer más en: REVISTA EL HUMO
para leer una entrevista en: LA TEMPESTAD
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