Emma Gunst -

La mujer escribe y eso es lo que importa
- z a p a t o s p i n t a d o s -









17 de abril de 2015

Nora Murillo, 5 poemas 5


Fotografía de Dorothy Shoes



INTERMINABLES RAZONES

No me quedo
porque no quiero

No quiero
porque no puedo

No puedo
Porque se me cansaron los abrazos
Porque no siento mariposas
Porque tengo frío
Porque estoy agotada de lo mismo

¡ No me quedo!
¡ No quiero!
¡ No puedo!

Porque la alegría nos cerró sus ojos
Porque dejamos secar las flores
Porque la polilla votará este techo
Porque como ves, son interminables razones
justificando mi partida.



Fotografía de Vanessa Ho



A LA ESPERA DEL DUENDE

Dicen que llega y trenza tus cabellos con hilos de plata.
Bebe la leche de tu sexo como niño recién nacido.
Prende fuego en tus pezones.
Te hace cabalgar en su unicornio, hasta tocar el cielo y descender al infierno. En ese
instante divino, dicen, el ojo de su huracán te inunda de sur a norte
y una lluvia torrencial recorre tu paraíso.
Un tornado devastador en tu centro te hace gemir cada medio segundo de segundos.
Así, desmayada de placer, retornas a la tierra como una diosa que ha sido consagrada
con el jugo de todas las manzanas, del árbol prohibido.

Es media noche, espero un duende.

(de Arrecife, Octubre, 2011/
en La Piragua nº35: Género, mujeres y feminismo:
aportes de la educación popular a la lucha de las mujeres)



Fotografía de Ines Rehberger


ABRIR LA PUERTA

No busqué la llave
en un bolsillo roto
en un zapato viejo
Busqué en mis ojos
las siete lunas
despiertas en la niebla
Me sacudí con fuerza
hasta botar el moho de silencio
Abrí el armario
apolillado
el que me regaló la abuela
para guardar mis lágrimas
Tiré cosas viejas
ideas, mandamientos, cadenas…
Me quité las máscaras
me vi
Apreté los puños
rompí ventanas
Abrí la puerta

y me tomé la calle.

(de Abrir la puerta, 2000/ y en Discurso literario de las poetas garífunas del Caribe centroamericano: 
Honduras, Nicaragua y Guatemala, por Consuelo Meza Márquez, 2012)




Fotografía de Gary Isaacs


JAQUE MATE

Te perdiste en mi sueño

en mi encierro
en mi selva
como las hojas secas
en la tierra
te desconfiguraste
ante mis ojos
te vi desnudo
ofreciéndome la soledad
que no te cabe
entonces
sólo entonces
te bajé de mi altar

te destroné.

(en Voces de posguerra. Antología de poesía guatemalteca, Guatemala,
Fundación Guatemalteca para el Desarrollo del Arte, 2002, p. 188.,
Rossana Estrada Buccaro y Romeo Moguel Estrada)



Fotografía de Büşra Kırmacı


PÉRDIDA DE INOCENCIA

Te molesta
el retoñar de mis ramas
las flores que me brotan
lo verde de mis hojas.

Estás con miedo
porque va desapareciendo
esa triste palidez
que te gustó al conocerme.

Me ves como sombra
que opaca tus deseos
esos...
los que de niño aprendiste
y ahora
no te permiten ver
que aquí
en la cuesta
una mujer
camina.




Nora Murillo (Livingston, Guatemala, 1964)
TRABAJADORA SOCIAL/INVESTIGADORA/DOCENTE/POETA
para leer MÁS

16 de abril de 2015

Natalia Ginzburg, 2 poemas 2 (+1)



Obra de Tigran Tsitoghdzyan


MEMORIA

La gente va y viene por las calles,
hace sus compras, camina a sus asuntos
con los rostros vulgares y felices,
con el grato bullicio de costumbre.
Levantaste el lienzo para mirar su rostro,
te inclinaste a besarlo con el gesto de siempre.
Y era el rostro de siempre, pero era la última vez,
quizá tan solo un poco más cansado.
Su ropa también era la de siempre.
Y los zapatos eran los de siempre. Y las manos
eran las manos que partían el pan,
vertían el vino y la alegría.
Todavía hoy cada minuto que pasa
vuelves a levantar el lienzo,
a mirar su rostro por última vez.
Si caminas por las calles, no hay nadie junto a ti.
Si tienes miedo, nadie te coje la mano.
Y no es tuya la calle, no es tuya la ciudad
alegre y confiada y de los otros,
de los hombres que van y vienen
comprando el pan, la fruta y el periódico.
Puedes asomarte a la ventana
contemplar en silencio el oscuro jardín:
nadie vendrá a tu lado,
nadie te dará fuerzas para entrar en la noche.
Antes cuando llorabas había una voz serena,
antes cuando reías alguien reía contigo.
Pero una puerta se ha cerrado para siempre,
para siempre se ha apagado un fuego,
tu juventud es ya una casa vacía
para siempre.

(en Jardines de Bolsillo, Tres mil años de poesía, 2006
Traducción de José Luis García Martín)


MEMORIA

Gli uomini vanno e vengono per le strade della città.
Comprano cibo e giornali, muovono a imprese diverse.
Hanno roseo il viso, le labbra vivide e piene.
Sollevasti il lenzuolo per guardare il suo viso,
ti chinasti a baciarlo con un gesto consueto.
Ma era l'ultima volta. Era il viso consueto,
solo un poco più stanco. E il vestito era quello di sempre.
E le scarpe eran quelle di sempre. E le mani erano quelle
che spezzavano il pane e versavano il vino.
Oggi ancora nel tempo che passa sollevi il lenzuolo
a guardare il suo viso per l'ultima volta.
Se cammini per strada, nessuno ti è accanto,
se hai paura, nessuno ti prende la mano.
E non è tua la strada, non è tua la città.
Non è tua la città illuminata: la città illuminata è degli altri,
degli uomini che vanno e vengono comprando cibi e giornali.
Puoi affacciarti un poco alla quieta finestra,
e guardare in silenzio il giardino nel buio.
Allora quando piangevi c'era la sua voce serena;
e allora quando ridevi c'era il suo riso sommesso.
Ma il cancello che a sera s'apriva resterà chiuso per sempre;
e deserta è la tua giovinezza, spento il fuoco, vuota la casa.

(en Revista Mercurio, 1944
extraído de la selección de Enrica Cavina)




Obra de Maggie Hasbrouck



NO PODEMOS SABERLO

No podemos saberlo. Nadie lo ha dicho.
Quizás allá no quede más que una red desfondada, 
cuatro sillas de paja desflecadas y una galleta vieja
mordida de ratones. Es posible que Dios sea un ratón
y que corra a esconderse tan pronto nos vea entrar.
Y es posible que en cambio sea esa galleta vieja
mordisqueada y mohosa. No podemos saber.

Quizá Dios tiene miedo de nosotros y escape, y largamente
deberemos llamarlo y llamarlo con los nombres más dulces
para inducirlo a volver. Desde un punto lejano del cuarto
él nos mirará fijo, inmóvil.

Quizá Dios es pequeño como un grano de polvo,
y podremos verlo solamente al microscopio,
minúscula sombra azul detrás del cristalito, minúscula
ala negra perdida en la noche del microscopio,
y nosotros allí en pie, mudos, contemplándolo, en vilo.
Quizá Dios es grande como el mar, y lanza espuma y truena.

Quizá Dios es frío como el viento de invierno,
tal vez brama y retumba en un rumor que ensordece,
y deberemos llevar las manos a los oídos,
y agachados, temblando, replegarnos al suelo.
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
que quisiéramos saber, esta es la única verdaderamente esencial.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es un tedio mortal.

Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda,
dos mastines a los flancos. Quizás use polainas
y está sentado en un rincón y no dice palabra.
Quizá tiene el pelo teñido, una radio a transistores
y se broncea las piernas en la terraza de un rascacielos.
No podemos saber. Ninguno sabe nada.
Quizá no bien lleguemos nos mandará al espacio
a comprarle pan, salame y una damajuana de vino.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es la consabida música
un revolar de velos, de plumas, y de nubes
y un aroma de lirios y un tedio de muerte,
y cada tanto una media palabra para pasar el tiempo.
Quizá Dios es dos, una réplica de esposos
librados al sopor de una mesa de hotel.

Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
Dios se asomará a mirar las calles y la noche.

No podemos saber. Nadie lo sabe.
Es posible incluso que Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
quizás muere de hambre, y tiene frío, y tiembla de fiebre,
bajo una manta sucia, infestada de pulgas
y deberemos correr en busca de leche y de leña,
y telefonear a un médico, y quién sabe si a tiempo
encontraremos un teléfono, y la guía, y el número 
en la noche demente, quién sabe si tenderemos suficiente dinero.

(Traducción de Leopoldo Brizuela)


NON POSSIAMO SAPERLO

Non possiamo saperlo. Nessuno l'ha detto.
Forse là non c'è altro che una rete sfondata,
Quattro sedie spagliate e una vecchia ciabatta
Rosicchiata dai topi. C'è caso che Dio sia un topo
E che scappi a nascondersi appena arriviamo.
E c'è caso che invece sia la vecchia ciabatta
Rosicchiata e consunta. Non possiamo sapere.

Forse Dio ha paura di noi e scapperà, e a lungo
Noi dovremo chiamarlo e chiamarlo coi nomi più dolci
Per indurlo a tornare. Da un punto lontano
Della stanza lui ci fisserà immobile.

Forse Dio è piccolo come un granello di polvere,
E potremo vederlo soltanto col microscopio,
Minuscola ombra azzurra sul vetrino, minuscola
Ala nera perduta nella notte del microscopio,
E noi là in piedi, muti, sospesi a guardare.
Forse Dio è grande come il mare, e spumeggia e tuona.

Forse Dio è freddo come il vento d'inverno,
Forse ulula e romba come un rumore assordante,
E dovremo portare le mani alle orecchie,
Agghiacciati e tremanti, rimpiattendoci al suolo.
Non possiamo sapere com'è Dio. E di tutte le cose
Che vorremmo sapere, è la sola veramente essenziale.

Forse Dio è noioso, noioso come la pioggia,
E quel suo paradiso è una noia mortale.

Forse Dio ha gli occhiali neri, una sciarpa di seta,
Due volpini al guinzaglio. Forse ha le ghette,
Sta seduto in un angolo e non dice parola.
Forse ha i capelli tinti, ha una radio a transistor,
E si abbronza le gambe sul tetto d'un grattacielo.
Non possiamo sapere. Nessuno sa niente.
Forse appena arrivati ci manda allo spaccio
A comprargli del pane e salame ed un fiasco di vino.

Forse Dio è noioso, noioso come la pioggia
E quel suo paradiso è la solita musica,
Svolazzare di veli, di piume, di nuvole,
Un odore di gigli recisi, una noia di morte,
E ogni tanto una mezza parola per passare il tempo.
Forse Dio sono due, una coppia di sposi
Abbandonati al sonno ad un tavolo d'osteria.

Forse Dio non ha tempo. Ci dirà di andarcene

E tornare più tardi. Noi andremo a passeggio; 
Siederemo su di una panchina a contare i treni che passano,
Le formiche, gli uccelli, le navi. A quell'alta finestra,
Dio s'affaccerà a guardare la notte e la strada.

Non possiamo sapere. Nessuno lo sa.
C'è anche caso che Dio abbia fame e ci tocchi sfamarlo,
Forse muore di fame, e ha freddo, e trema di febbre,
Sotto una coperta sudicia, piena di cimici,
E dovremo correre in cerca di latte e di legna,
E telefonare a un medico, e chissà se subito
Troveremo un telefono, e il gettone, e il numero,
Nella notte affollata, chissà se avremo abbastanza denaro. 

(en Revista Paragone, 1965
extraído de la selección de Enrica Cavina)



Fotografía de Ann He


Hay una cierta monótona uniformidad en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes viejas e inmutables, según una cadencia propia uniforme y vieja. Los sueños no se realizan jamás, y apenas los vemos rotos, comprendemos de pronto que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. Apenas los vemos rotos, nos oprime la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en este alternarse de esperanzas y nostalgias.

(de Las pequeñas virtudes, 1961)




Natalia Ginzburg -Natalia Levi- 
(Palermo, 1916 - Roma, Italia, 1991)
para leer más en: OTRA IGLESIA ES IMPOSIBLE
para leer una NOTA
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