La mujer escribe y eso es lo que importa
- z a p a t o s p i n t a d o s -









10 de febrero de 2016

Lynn Emanuel, 2 poemas 2


Obra de Mark Rothko



LOS QUE DUERMEN

Me he imaginado todo esto; 
en 1940 mis padres estaban enamorados
y vivían en el piso de West 10th
arriba de Mark Rothko, que pintaba rosas
en las paredes de su recámara la noche que se casaron.

Me es fácil adivinar por qué lo hizo.
El cabello de mi madre era del color de los perones maduros
y usaba un sombrero de terciopelo junto con la pijama.

Yo todavía no había nacido. Era tan remota como la luz de una estrella.
Me cuesta trabajo imaginar que mis padres
hicieran el amor en un cuarto lleno de rosas
sin mí. Yo no estaba.

Pero ahora sí. Mi madre se sonroja.
Es lo maravilloso del arte.
Puede resucitar a los muertos. Puede despertar a los que duermen
tal como quizá lo hizo aquella noche ya muy tarde,
cuando mi padre y mi madre hicieron el amor arriba de Rothko
quien permanecía acostado en la oscuridad pensando Rosas, Rosas, Rosas.



THE SLEEPING

I have imagined all this:
In 1940 my parents were in love
And living in the loft on West 10th
Above Mark Rothko who painted cabbage roses
On their bedroom walls the night they got married.

I can guess why he did it.
My mother’s hair was the color of yellow apples
And she wore a velvet hat with her pajamas.

I was not born yet.  I was remote as starlight.
It is hard for me to imagine that
My parents made love in a roomful of roses
And I wasn’t there.

But now I am.  My mother is blushing.
This is the wonderful thing about art.
It can bring back the dead.  It can wake the sleeping
As it might have late that night
When my father and mother made love above Rothko
Who lay in the dark thinking  Roses, Roses, Roses.





Obra de Ernesto Bertani


TRUCHA FRITA Y BORRACHERA

Mi madre está bebiendo para olvidar a un hombre
que podría llenar los bosques de invitaciones:
Ven conmigo, le susurró, y ella se subió
a su Nash Rambler de los 50':
contra su tablero, las rodillas se le ponían verdes
por la luz de los botones del radio.
Cuando bebo siempre es 1953,
el tocino se está secando en la sartén en la calle Cook
y mamá, con las manos hasta las muñecas en el agua roja,
deja su rastro desde el fregadero
hasta el vaso de ginebra y de regreso.
Es una bella, desafortunada mujer
enamorada de un hombre de un libertinaje tan sólido
que se le podría construir una mesa encima
y al hacerlo la melancolía llegaría de visita.
Nos recuerdo a todos cenando burdamente,
la oscuridad colgada a lo largo del porche,
y luego el vestido de mamá cayendo al suelo;
sus botones, como semillas escupidas en un plato.
Cuando bebo me parezco demasiado a ella:
con el cuchillo en una mano, y en la otra
la trucha, cuya panza es tan blanca como mi muñeca.
Te he querido toda mi vida
le dijo a él y era verdad
de la misma manera que toda su vida
ella bebió con dedicación,
de pie junto a esta estufa,
y con la delicadeza de un borracho
le pasaba el plato.



FRYING TROUT WHILE DRUNK

Mother is drinking to forget a man
who could fill the woods with invitations:
come with me he whispered and she went
in his Nash Rambler, its dash
where her knees turned green
in the radium dials of the 50's.
When I drink it is always 1953,
bacon wilting in the pan on Cook Street
and mother, wrist deep in red water,
laying a trail from the sink
to a glass of gin and back.
She is a beautiful, unlucky woman
in love with a man of lechery so solid
you could build a table on it
and when you did the blues would come to visit.
I remember all of us awkwardly at dinner,
the dark slung across the porch,
and then mother’s dress falling to the floor,
buttons ticking like seeds spit on a plate.
When I drink I am too much like her—
the knife in one hand and the trout
with a belly white as my wrist.
I have loved you all my life
she told him and it was true
in the same way that all her life
she drank, dedicated to the act itself,
she stood at this stove
and with the care of the very drunk
handed him the plate.




Lynn Emanuel (Monte Kisco, NY, EE.UU., 1949)
en The Dig and Hotel Fiesta, Illinois Poetry Series, 1984, 1992, 1995 
Traducción de Pura López Colomé
para leer más en: POETRY FOUNDATION

9 de febrero de 2016

Paula Bozalongo, 2 poemas 2


Fotografía de Mariam Sitchinava




ACTA DE INOCENCIA

                                    Para Lucía

Tan lejos de ser madre
me siento menos hija algunas veces.
Antes de descubrir un horizonte firme
y no poder hablarte
desde el cable de acero
sobre el que tiemblo ahora,
quiero firmar un acta de inocencia.
De alguien que titubea en una línea fría
entre el azul y el suelo,
para el baile futuro de tus pasos.
Granada, doce de mayo de dos mil catorce.
De una mujer que a veces duele,
otras veces repara
en las sombras etéreas de su lucha,
respira y vence al miedo,
grita cuando comprueba algunas tardes
que hizo mucho más de lo que se esperaba:
ha clavado en la tierra
el cuchillo triunfante
de todos los testigos
del error que no fue.
En el torpe equilibrio que nos lleva
de mis veinte a tus veinte:
todo duele.
El tiempo que no cura escuece más,
le lleva la contraria a las heridas,
se aleja siempre de las cicatrices,
y camina hacia dentro.
Más lejos de la piel
y más cerca de ti.
Si lamentas un beso,
vuelve a besar tan pronto como puedas.
Si te duele un silencio,
escribe mientras buscas la razón del oyente.
Si el silencio fue solo la respuesta del otro,
                                                        respira.
No hay mensaje capaz de callar para siempre
y la quietud total solo es posible en corazones mudos.



Fotografía de Mariam Sitchinava




POÉTICA CONTIGO

Estaba convencida
de que un poema surge
casi de cualquier cosa.
Y, si pensaba en ti,
no encontraba palabras.
Renunciar a esa idea
era perder la lluvia,
y la luz, las ventanas,
renunciar al invierno
como fuente de imágenes,
destrozar las ciudades y los mapas
y no poder hablar de besos sin esquinas,
de tardes con tristeza
y de paseos que nunca
suceden en Madrid.
Debería hablar del tiempo que se escapa
y convertir las trazas en lugares inhóspitos
que transitas sonámbulo
donde no existen gritos ni silencio.
Cómo son los caminos que te alejan de nada.
Para hablar del tiempo
y ser su espanto eterno,
con la grandilocuencia
de quien cree conocer alguna dimensión
invisible a mis ojos,
tendría que olvidar
que el espacio sucede en los relojes:
en las horas que pasan más deprisa
si mis manos se enredan
a esa sonrisa triste que te aleja del mundo
y en los gestos que
nacen con versos hilvanados
a su intención ausente.
Ahora he vuelto al principio.
Quise hablar de casi cualquier cosa
y ha caído la noche en el poema
como un objeto limpio
que ilustra mis temores,
que vuelve a hablar de mi,
pero contigo.




Paula Bozalongo (Granada, España, 1991)
para leer más en: CÍRCULO DE POESÍA
extraídos de: VERSO BLANCO
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