La mujer escribe y eso es lo que importa










5 de diciembre de 2009

Susana Villalba, El cangrejo ermitaño

Fotografía de Katarzyna Widmanska


EL CANGREJO ERMITAÑO

Estás cayendo
como si el mundo fuera de agua
en el fondo
una ballena en su sueño
mamífero.
Una madre inmensa y movediza te traga
sin decir esta boca
es mía, esta es mi casa,
con su voz de sal que se disuelve
o se derrama en un reloj
donde el arriba y el abajo se confunden.
Estás cayendo muy alto.
Un desmoronamiento en la piel
de la culebra,
hay historias que te pesan
sin haberlas vivido.
Estás lejos de tu casa
que no es ésta.
Tratando de errar todo camino,
llegar hasta un desierto
donde escuchar tu corazón.
Y aún la luna
te sostiene por un pelo.
Estás flotando como si cayeras
si el agua te soltara.
El fondo es infinito,
no hay caída
que detenga la caída.
Tiendo la mano
pero estás cayendo en otro lado.
Pero yo también estoy cayendo.

Tiendo mi corazón
vacío de recuerdos y no es cierto
que se pueda empezar como si nada
hubiera sucedido.
Como un animal mojado
tiendo mi corazón al sol,
llovió tanto
que no sé dónde estás.
Pasan maderas, gatos muertos,
carteles como restos
de un mundo que fingía
estar en orden.
No hay arriba ni abajo,
vas como un sonámbulo
que al tropezar camina
por el borde de un sueño.
Soñé que el amor era sencillo,
soñé que algo dejaba de moverse
alguna vez
por un minuto entero.
Que había un sitio
para cada cosa
que levanta una casa,
las llaves, la silla
está quemándose otra vez,
otra vez estaba distraída,
como siempre.
Te ofrezco el corazón como un lugar
donde pasar la noche.
Pero la nieve es una tentación,
caer hasta que sea un manto
el frío, hasta que no haya nada
que perder.
También la nieve cambia,
estás cayendo en la ilusión
de redimir con cada paso
el paso dado.
Estás ante una puerta que golpea
el viento.

Llegan los restos
de un naufragio
que el agua trae hasta mi casa.
Estás a la deriva
y yo como muy lejos
te grito cuando el agua tira
hacia adentro
hay que hacerse a un costado
de la corriente.
Te veo por momentos emerger
y hasta te veo
saludarme, como si fuera un juego
de equilibrio.
Es tu manera
de que algo quede fijo,
yo, por ejemplo, en el sitio
de la espera.
Te sumergís sabiendo en qué lugar
está la playa
como una madre de oros
infinitos,
como una leona
en su mirada mansa pero atenta
sostiene el universo.
No me creas
si no te pido nada.

Estás cayendo y en silencio
pedís que no te tenga
en cuenta,
sería un peso más.
Tiendo mi mano y toco agua.
Me tiendo, estoy cansada,
la canilla pierde,
prometiste arreglarla pero hablabas de una
casa
imaginaria
que siempre está cayendo
en tu memoria.
Estoy cansada de palabras
que no sirven
para que me entiendas.
Estoy cansada de tus silencios,
yo también estoy triste
a veces,
yo tampoco sé
cómo salir.
Tiendo la mano para no caer
pero estás detrás de un vidrio,
no escucho qué gritás,
a quién,
el agua borra tus rasgos,
no sé quién sos.
Pero tiendo la mano
y te reconozco como un ciego,
como un perro reconoce su casa
por el olor,
por el vacío que la circunda.
Porque tiendo la mano
imantada
encuentra tu mano, en la multitud
me está buscando.
Me está buscando
allí donde no estoy.

Me tiendo en la cama, hace frío,
yo tampoco tengo dinero,
la gata pregunta por vos,
le digo en cualquier momento cae,
en cualquier momento cae por acá.
Caés sobre mí como un gato cae
sobre su sombra sin saber
si es una víbora o el viento
agita el pasto.
No sé si hay cascabeles en este país,
no viví en el campo como vos,
yo tampoco tengo todas las respuestas.
Voy por la casa tendiendo la mano,
tocando cosas,
pero las cosas no me agarran
ni responde su quietud
por qué todo se mueve.
Tiendo la mano hacia el teléfono.
Estás cayendo
como si quisieras dominar
el vacío.
Como quien encuentra
la cuerda
de un funámbulo, a mitad de camino
pregunta qué hago
aquí.
O cómo
hasta ahora no caí
o qué mano me soltó de pronto.
Estamos sujetos a la realidad
por un hilo delgado,
me sorprende, una opinión común
construye el mundo,
me sorprende que exista
todavía
si no nos entendemos
vos y yo.

Estoy cayendo otra vez en conjurar
la ausencia con palabras.
Estoy cayendo en la trampa
que me tiende tu fuga,
me vuelvo un cazador
de imágenes
y no quiero perder
toda esperanza.
Soy yo ¿te acordás?
La que está cansada
pero se levanta.
La gata también se levanta,
me sigue a todas partes
como en mi casa
no sabés dónde ponerte.
Te ofrezco mi silla quemada,
mi máquina de escribir.
Pero no hay dónde recibir.
En el corazón deshabitado
nadie escucha,
nadie escucha que estoy golpeando
la puerta, dejame entrar,
estás durmiendo en el suelo,
estás
soñando y creés que estás cayendo.
Dejame entrar, soy yo,
la que tiene miedo de la ausencia.
Mi corazón también fue abandonado,
yo también abandoné mi corazón
alguna vez.
Dejame salir,
estoy encerrada en una cita,
y soy la que tiene miedo del encierro,
¿te acordás?
Llaman las amigas pero estoy cayendo
en la trampa de la espera,
ya no sé qué quería
yo.
Porque soy yo todavía,
la que llega siempre a casa
como después de un largo viaje
y encuentra que la casa se mueve
como un barco.

Pasó la tarde,
agazapada en su silencio,
como vos, la gata ve las cosas
de otra forma.
Tiendo la mano hacia el reloj,
ya no te espero, caigo en otra trampa.
Te espero en un lugar que no existe.
Soy yo la que no llega
a comprender que se vacía
lo lleno y viceversa.
Caés como el cangrejo
en un caracol vacío.
Como cae un caballo
celoso de su sombra,
La luna estaba
demasiado alta.
La ballena sueña con el hijo
que pueda separar la tierra
en dos cuando camina.
Tiendo la mano y sólo encuentro algas,
minutos que se escurren
lamentos
del agua que es el alma
del mundo.
Soy yo la que lleva un cartel
de aquí se escucha
y todo el que ha perdido
el corazón,
como si fuera un caracol que canta
me lo tiende.
Menos vos.

Lo que une a dos personas
más tarde las separa.
No me imagines quieta
en un lugar,
no me imagines, soy yo.

No sé si estás cayendo
o ascendiendo en un camino
en el que es necesario despojarse.
Pero estás como arrancado
del jardín de tu casa,
trasplantado en mí.
Como si no tuvieras manos ni pies
sino raíces.
Pero en el agua.

Soy yo,
el fuego que no viste todavía.
Y nunca he visto un fuego sobre el agua.



Susana Villalba (Buenos Aires, Argentina, 1956)
de Matar a un animal, 1995 en Venezuela y en 1997 en Argentina
reeditado por Curandera, Buenos Aires, 2011
para leer más en LA INFANCIA DEL PROCEDIMIENTO

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