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30 de abril de 2010

Mariel Manrique, Horas non numero nisi serenis







HORAS NON NUMERO NISI SERENIS

Soñé que iba a ver a una jirafa.
Al despertarme necesité ir a verla.
Eran tiempos de desasosiego.
Desde entonces comulgo con las jirafas sin saber bien por qué.
Las siento detenidas en una interminable adolescencia, como si no hubiesen acabado de crecer.
Con esa distante e inocente manera de explorar las alturas, masticando las hojas mas inalcanzables y mas tiernas, absolutamente inconscientes de su visión privilegiada, de ser las criaturas mas altas de la tierra y parecer no obstante un rompecabezas torpemente armado.
Absolutamente indiferentes a mi presencia, diciéndome sin palabras que pertenecen a un reino al que jamás podré acceder.
Adoro el silencio de las jirafas. Su impasibilidad.
Dicen que tienen pulmones enormes pero el sonido que emiten es inaudible para el oído humano.
O sea que hablan para sí mismas o entre ellas, dejándonos al margen.
Las jirafas secretean.
Paren sus crías de pie.
Las crías caen envueltas en su saco embrionario y ya con ciertos dones en su metro inaugural de estatura.
Esa insólita y consistentemente larga lengua negra que les permite limpiarse las orejas y tragar espinas.
Esas fosas nasales que se abren y se cierran a su arbitrio, para espantar el polvo levantado por el viento.
Ese corazón que vence la ley de gravedad.
Y, sin embargo, esos dones no alcanzan.
Las estadísticas confirman mi sospecha.
Pocas jirafas llegan a la adultez.
Las devoran los leones, los leopardos, las hienas.
Las corren y las atrapan en las sabanas arboladas, las sorprenden cuando se inclinan a beber.
Tomar agua es para una jirafa un acto de enorme riesgo. Debe exponerse a morir para saciar su sed.
Tan gigantesca sin haberlo pedido, tan débil sin haberlo deseado.
Con sus extraordinarios y múltiples estómagos, su complejo sistema de regulación sanguínea, que no garantizan una larga vida a buen resguardo de los depredadores.
Y ella tan tranquila y tan ajena a los trastornos dolorosos de mi mundo.
Ella que me da una calma de la extensión de su cuello, cada vez que voy a visitarla.
La primera visita fue soñada.
Las sucesivas fueron imperiosas.
Necesito verte, mi jirafa rehén.
Hermana de las que se juegan la cabeza cada vez que la bajan, idéntica a ellas en tu desconcertante e impávida hermosura.
Cuando me acerco a tu pequeño y protegido territorio, libre de cazadores y huérfano de libertad, comienzan a deshacerse mis temores.
Cerca tuyo colocaron en el zoo un antiguo reloj solar.
"Horas non numero nisi serenis", lleva inscripto en el mármol.
"No marco las horas si no son serenas", dice el reloj.
Me dice mi jirafa.
Es el título perfecto de nuestra complicidad, la denominación exacta de lo que tu contemplación provoca en mí.
Adoro que me des tus horas apacibles, sin saberlo y sin pedir nada a cambio.
Tu tiempo altísimo e inescrutable, y simultáneamente corto y vulnerable, que me salva y me pone a dormir.



Mariel Manrique (Buenos Aires, Argentina, 1968)
de La Constelación de Andrómeda, Crack-Up, Buenos Aires, 2008



4 comentarios:

Maia dijo...

También a mi me gustó mucho este poema de Mariel. Recomiendo el libro completo. Un abrazo Emma.

emmagunst dijo...

si Maia, absolutamente recomendable! el mío pasó ya por varias manos y las mandé a que se lo compren...lo quiero en casa conmigo, en mi repisa, en mi mesa de luz...besos!

mariajesusparadela dijo...

En Enero le dedicamos a ese libro de Mariel "La semana de" y allí está ese poema de la Jirafa, visto por los ojos de una ilustradora de poca edad.

emmagunst dijo...

si!!! María Jesús!!! yo seguía paso a paso, a pesar que recién estaba en este mundo del blog, pero recuerdo que Mariel hablaba de vos y vos de ella. Un abrazo.

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