La mujer escribe y eso es lo que importa










28 de mayo de 2011

Irena Klepfisz, La casa de los monos y otras jaulas


Exploding hand, Lee Miller, 1930



LA CASA DE LOS MONOS Y OTRAS JAULAS

(La voz pertenece a una mona nacida y criada en un zoológico)

1.

Proclamar cada horror
sería redundante.       los objetos
mismos bastan:           un peine roto
el mango de un paraguas          un pedazo de plástico
azul       un espejo de bolsillo astillado.

la cara es hostil.
intento mirarla        fijamente
insiste      moviendo

espástica      los ojos
que se crispan     abiertos      cerrados
la nariz tiembla      dedos arrugados
que escarban las orejas. no conozco
a esta extranjera.

2.

he sabido de torturas
pero sigo
extrañamente a salvo.

                                       de noche
mis propios sueños me
desgarran                                me veo vivir
las indignidades más obscenas         sondas

e incapaz de desprenderme de mi carne
me quedo callada      sin
voz ni gemido       sin
poder sentir dolor.

despierto        al amanecer
sola          intocada
lloro por estar a salvo.

3.

cuando llegan
chillan salvajemente
tirándose contra las paredes
y luego contra las rejas.

algunos se sientan y lloran durante días
algunos      nunca se recobran y
mueren.

       son familiares
pero cagan incontrolablemente      ruegan
tiemblan y se mecen. me niego

a tener nada que ver con ellos
hasta que aprendan a comportarse.

4.

cuando llegó     estaba
aturdida y magullada     cerrada
la boca severa      negándose

a comer.      marqué
mi territorio      reconociendo
su fuerza      su fiereza

pero se debilitó enfermó
la sacaron sin resistencia
volvió tres días después
parches rasurados sobre los brazos.

luego me dijo: creamos
las respuestas que nos rodean.

5.

recuerdo el apretón de sus garras
el mordisco feroz     la cicatriz
en mi pierna todavía.     estaba enloquecida

farfullaba      luego atacó
otra vez.     y el sol pareció caer
en el frío     mientras me apretaba
contra el rincón     la arena endurecida
bajo mis uñas.       empecé a roer
el cemento     la cara en carne viva.

se la llevaron
y no me miró
al regresar.

6.

Muévete
le dije corriéndome
al rincón
de la izquierda     donde me senté
mirando el movimiento
de su cabeza.
                     cabeceaba
parecía dormir
luego se paró      señalando
hacia fuera.         las hojas estaban
rojas.     era el otoño
ruidosas ramitas secas se quebraban
en los árboles cercanos.       me sentí

contenta      mirándome
mientras ella señalaba      las hojas
rojo.

7.

                y al fin
dijo         ya basta
y empezó a golpear la cabeza
contra la pared     un golpe

y otro golpe      hasta sangrar
hasta sangrar
arrojándose y cayendo.

vinieron     e intentaron asirla
mientras el sol desaparecía
y los árboles se mecían lentamente

y todos      inmóviles
sin atreverse a respirar:     la luna
tan fresca     y los pájaros
pequeños globos de plumas.

vomité mientras la sacaron a rastras:
mechones de pelo sobre el piso de piedra.

8.

cuando murió      la lamenté
un lamento silencioso.
y
los otros preguntaron
aguijoneándome.

gestualmente
hubo mucho entre nosotras
recuerdo sobre todo
sus dientes amarillos     su intento
de amansarse.

9.

no hubo sonido:
sólo el movimiento de nuestras manos
nuestros labios succionados
los pies señalando      hacia fuera.
fue bastante.
                       mareada
con mensajes            solía
yacer               soñar con recintos
diferentes.




Irena Klepfisz 
(Guetto de Varsovia, 1941) 
Reside en EE.UU. desde 1949
Traducción de Diana Bellessi
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3 comentarios:

vera eikon dijo...

No sé qué decir...Me ha gustado
Beso

Antonio dijo...

Lo único que no existe es el olvido.

Laiseca Estévez dijo...

¡¡¡Que tremendo!!!... beso.

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