La mujer escribe y eso es lo que importa










25 de mayo de 2011

Jude Nutter, A quien lee


Fotografía de Ida Borg 


Acá afuera, en la oscuridad, la lluvia golpea
contra la tierra, abriendo minúsculas puertas
en el barro del jardín. Vos
has pasado toda tu vida hasta ahora
tratando de portar tu cuerpo como una bendición,
y ahora estás esperando con tu valija
vacía entre el galpón de herramientas de
tu padre y la alta, áspera valla
del jardín de los vecinos, y sea lo que

sea que la lluvia libera del suelo que degusta
como la vaciedad de la tumba, tiene el gusto
del hambre que descubriste
cuando entraste a este mundo – liberada
del apriete del cuerpo de tu madre y pasada,
completamente condenada, a la floja jaula
de los brazos de tu padre: la flamante soledad
del cuerpo que te había sido dado. Este
vacío es la única cosa que tenés
que te pertenecerá siempre. En la delgadísima
luz de su cocina tu madre
está cantando, pero no podés oírla. Mirás
cómo su boca roja se abre como una herida. Y se cierra.
Parece un carnicero con su delantal brilloso, rasurando
las pieles de las zanahorias y papas.
Querés que deje las cáscaras apiladas

como rulos sobre la mesada y salga
a la lluvia en sus pantuflas nuevas; querés
que se arrastre, llorando, de rodillas en la oscuridad,
dando vuelta cada piedra del jardín y abriendo
los largos tallos de las malvas, llorando
y llamando tu nombre. Querés que crea que
estás perdida. Como uno de los muertos. Aunque fuera una sola vez

lo significaría todo. Y sería suficiente.
Naciste, tu madre dijo una vez, en la oscuridad,
antes del amanecer – ella recuerda al lechero
silbando por el camino, el roce de las botellas
sobre el polvo del escalón más alto; que tu padre estaba ocupado
en el jardín cavando un pozo
en el que pondrá tu placenta
y un arbolito al que más tarde le saldrán cerosos,
largos capullos cuyo nombre nadie sabrá.
Incluso en verano esas flores se llenarán
de sombra y nunca jamás entrarán las abejas
en sus lustrosos pasillos. Pronto, irás adentro

y no dirás nada, y tu madre
seguirá creyendo que el apetito que tenés es literal.
Viniste a este mundo, dijo una vez,
sin un solo sonido. Hay una plegaria
que emitimos, en la oscuridad, hacia la oscuridad.
Y tu corazón, por hábito, sigue
diciéndola: Madre, susurra, madre, madre.
Queriendo decir: mi carcelera y mi liberadora. Yo nunca
me preocupé realmente, te dirá tu madre,
dentro de unos años; siempre supe
que vendrías a casa cuando tuvieras hambre.

Queriendo decir: No estoy segura de cómo amarte ahora
que te he soltado
de la prisión de mi cuerpo y a
esta oscuridad mayor, y menos literal.



TO THE READER

Out here, in darkness, the rain
knocks against the earth, unlocking tiny doors
in the dirt of the garden. You have spent
your whole life so far trying to bear your body
as a blessing. Now you are waiting,
with an empty suitcase, between your father’s
tool shed and the high, rough fence
of the neighbors’ garden, and whatever

it is the rain sets free from the soil, it tastes
like the vacancy of the grave, like the hunger
you discovered as you entered this world—released
from the grip of your mother’s body and passed,
fully condemned, into the slack cage
of your father’s arms: the brand-new loneliness
of the body you were given. This emptiness
is the only thing you have that will always

belong to you. You watch your mother in the thin
bone-light of her kitchen: she is singing,
but you can’t hear it. You watch her red mouth
pulse open like a wound. And then close. She looks
like a butcher in her shiny apron, shaving the skins
from the carrots and potatoes. You want her to abandon

the peels stacked like scrolls on the counter and walk,
weeping, out into the rain in her new slippers;
you want her to crawl, weeping, on her knees
in darkness, turning every stone in the garden, to part
the tall stems of the hollyhocks weeping
and calling your name. You want her to believe

you are lost like one of the dead. just once
would mean everything and be enough. You were born
in darkness, your mother once said, before dawn—
she remembers the milkman whistling up the drive,
the scrape of bottles on the grit of the top step;

that your father was out, at the bottom
of the garden, his torch tossed down in the grass,
digging a hole in which he’d set your placenta
and a sapling that would later grow waxy, long-
throated blossoms no one can name.
Even in summer those flowers will fill
with shadow and not once will the bees ever enter
their slick hallways. Soon you will go inside

and say nothing, and your mother will go on believing
the appetite you have is literal. You came into
this world, she once said, without a single
sound. There’s a prayer we send out,
in darkness, toward darkness. And your heart,
out of habit, keeps on saying it: Mother, it whispers,
mother, mother. Meaning: my jailer and my liberator.
I never worried, your mother will tell you
years from now; I always knew you’d come home
when you were hungry. Meaning: I’m not sure

how to love you now that I have turned
you loose from the prison of my body, into this greater
and less literal darkness.




Jude Nutter (North Yorkshire, Inglaterra) 
Reside en EE.UU., desde 1980
en The curator of silence, University of Notre Dame Press
Notre Dame, Indiana, 2007
su WEB
Traducción de Gabriela Adelstein


5 comentarios:

Mundo Aquilante dijo...

Guau, increíble.
gracias!

Carmela dijo...

Me gusta, mucho, mucho.
Besos

Maia Blank dijo...

Hermoso !

vera eikon dijo...

Poema que genera exclamaciones...!!!!!! No puedo decir más, tan solo exclamar

Besos

Curiyú dijo...

Desolador.

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