La mujer escribe y eso es lo que importa










22 de agosto de 2013

Ángela Figuera Aymerich, La cárcel


Obra de Catrin Welz-Stein 


LA CÁRCEL

Nací en la cárcel, hijos. Soy un preso de siempre.
Mi padre ya fue un preso. Y el padre de mi padre.
Y mi madre alumbraba, uno tras otro, presos,
como una perra perros. Es la ley, según dicen.

Un día me vi libre. Con mis ojos anclados
en el mágico asombro de las cosas cercanas,
no veía los muros ni las largas cadenas
que a través de los siglos me alcanzaban la carne.

Mis pies iban ligeros. Pisaban hierba verde.
Y era un tonto y reía
porque en los duros bancos de la escuela
podía pellizcar a los vecinos,
jugar a cara o cruz y cazar moscas,
mientras cuatro por siete eran veintiocho
y era Madrid la capital de España
y Cristo vino al mundo por salvarnos.

Sí. Entonces me vi libre. Las manos me crecían
inocentes y tiernas como pan recién hecho,
pues no sabían nada del hierro y la madera
soldados a sus palmas
cuando el sudor profuso
igual que un vino aguado
apenas nos ablanda la fatiga.

Hoy los muros me crecen más altos que la frente,
más altos que el deseo, más altos que el empuje
del corazón. Arrastro
unas secas raíces que me enredan las piernas
cuando voy, como un péndulo de trayecto inmutable,
desde el sueño al cansancio, del cansancio hasta el sueño.

Soy un preso de siempre para siempre. Es el orden.





Ángela Figuera Aymerich 
(Bilbao, 1902 - Madrid, 1984)
para leer más en: CANTEMOS COMO QUIEN RESPIRA
y en: ACÁ

7 comentarios:

Vera Eikon dijo...

Es un poema duro escrito con una ternura que conmueve....Me encantó. Beso

Antonio dijo...

Joder.(

Antonio dijo...

Soy del árbol.
Tú no puedes saberlo porque llevo barrotes,
va colgando la piel
tanta costura.

La vida. Pero qué es la vida. Con qué manos
nos separa
los muslos, cuál
de sus lenguas nos come de éste modo el corazón.

Soy una encina en algún monte griego por la noche:
me he sacado los ojos para ti y los piso. Un hatajo de
astillas
invernal sin historia. Poco más. Duéleme
al derribarme.


Martha Asunción Alonso
Madrid, 1986

Vera Eikon dijo...

Qué maravilloso este poema que trae, Antonio!

Mirella S. dijo...

Hay mandatos ancestrales de los que no es posible librarse.
Hermoso poema.
Besos Teresa.

Mirella S. dijo...

¡Qué despiste!
Besos Miriam... jajaja...

Maria Germaná Matta dijo...

Es hermoso y duro como sangre que circula en la condena de lo humano.
Un beso

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