La mujer escribe y eso es lo que importa










15 de agosto de 2013

Ernesto Pérez Vallejo, Curso teórico para mojarse en los charcos



Fotografía de Melodie McDaniel



Que es miércoles si, lo sé.
Pero podría llamarse de cualquier otro modo,
porque un día sin ti,
es un día cualquiera,
ni nombre merece.
Incluso creo que debería haber una fosa común
para los días que no te encuentro,
apilarlos allí al azar.
Ni orden alfabético, ni afectivo,
ni orden cronológico siquiera,
los viernes con los martes,
los jueves con los sábados,
Los lunes... (Bueno los lunes es otra historia)
Todos juntos,
que se maten de muerte unos con otros.

Que el calendario sin ti sea una esquela interminable.

- Hola, venía por el trabajo ese de...
Siempre pongo tu nombre en mi currículum,
porque lo mejor que hice, lo hice contigo.
Incluso cuando me deshice como azúcar en el café,
lo hice bien.
Pero ni por esas.
Ni traductor de silencios,
ni récord en asfixia,
ni aquello de hacer de la lengua un punzón
y del amor un collage
de sonrisas sin dueño.

Hay más amor en la cola del inem
que en mi memoria.

Miércoles, el otoño te queda grande,
estás tan horrible como un invierno sin lluvia.
Te estoy echando el humo a la cara,
a ver si te ausentas,
te cambias de asiento,
de mes,
de año.
Me duele la boca de mirarte sin los ojos,
de pensarte en un abril,
de perderte en un bolsillo.

Le sentabas tan bien a ese vestido,
que en cualquier otra piel era una burla.
Era otro antes, de antes del odio,
cuando el color de mis sueños,
era el color de tus bragas.
Y si no llevabas, mis humedades
corrían por las aceras buscando el mar.

Porque yo antes de hombre
y de ti,
fui una orilla.
No como ahora que veo el mar y reniego.
Y sospecho que has orgasmado dentro
y cada ola es una lágrima que pierdo
al no llorarte como debo,
así con epitafio y rosas blancas.

Porque no tenerte es como si te hubieras muerto,
por más que te de por respirar por llevarme la contraria.
Como siempre.

Miércoles, en mitad de la nada,
ni siquiera los más enamorados
tienen una cita un día como este.
Existes por si acaso,
como existe la papiroflexia
o los juegos de mímica.
En plan bueno, vamos a joder al prójimo,
me pongo en medio y estorbo.
Eso es.
Mañana ni siquiera me acordaré de ti.
Pasado serás una metáfora insulsa sobre el fracaso.
Y ayer, bueno ayer eras futuro,
gris, como el cielo de Dublín
o el verso libre de un poeta calvo y con acné.

Y de todas las mujeres que había en el universo,
te señalé a ti,
porque tenías los ojos más bonitos del mundo
y porque tenías el mundo más bonito en tus ojos.
Y bailamos, bueno yo solo seguía tus pies,
sin pisarte, al ritmo de tus pestañas,
como se movían las barcas ancladas en mi pecho,
aquellas mañanas que cogía caracolas con los dientes,
para verte sonreír tras la sombrilla,
así más o menos, mirándote el escote y pensando,
que si dios no existía de verdad
de quien coño era obra este milagro.

Te encierro en un círculo rojo jodido miércoles,
como hacen las viudas con los aniversarios,
eres un día de dentistas,
de canciones de Ismael Serrano en la cola del súper,
de fumar mucho, de fumar tanto,
de vivir poco, de sentir nada,
de putas con regla
y princesas sin corona.
De entierros y malabares,
de propinas en céntimos
y de mentiras eternas.

Y luego nos besamos a la salida de aquel bar,
contamos estrellas en un charco,
jugamos a las prendas con los arboles,
le pusimos nombre a un perro abandonado,
discutimos sobre el plural
y algunos verbos,
tuvimos cuatro hijos con tus ojos
sin movernos del banco de aquel parque.
Y bailamos otra vez bajo una nube
mientras el futuro nos miraba de reojo,
con los dedos manchados de orgasmos
y la ropa en el suelo.
Un día precioso aquel sin duda,
miércoles si
pero no un miércoles cualquiera.




Ernesto Pérez Vallejo (Cádiz, España, 1979)
de De Laura y otras muertes, Editorial El Cable
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