La mujer escribe y eso es lo que importa










23 de septiembre de 2014

José Playo, Mil calesitas


Fotografía de Noah Kalina



MIL CALESITAS

Que tus ganas de ir se conviertan
en ojos secos rodando 
en busca de un horizonte 
con montañas. 

Que el serrucho negro de la tarde muerda 
la grieta que separa tu cielo 
de mi tierra. 

Ojalá y se te disuelvan las avenidas 
bajo las luces doradas
y que las fachadas de las casas vayan marcha atrás 
en tu ventanilla. 

Que por la ventana saques el brazo para cachetear las estrellas 
muertas 
y que jamás puedas desengancharlas 
del techo gris 
de la ciudad. 

Que los semáforos se nieguen a mirarse en tu parabrisas;
que cuando llegues a tu casa descubras 
que sobre las terrazas te crecieron mil tanques negros de agua 
entre un sembradío 
de antenas viejas. 

Te van a brotar las palabras faenadas frente a los ventiladores 
cada vez que veas mis zapatos muertos
bajo la cama. 

Y el suelo de cada plaza que pises
se volverá alfombra 
de palomas.
  
Cuando partas el pan y se te ahoguen los dedos en la miga
vas a pensar en un árbol
podado a besos
de alquitrán. 
En nuestras mil calesitas.

A mí tal vez ya no me sisee el gas cuando destape
las botellas,
pero a vos.  

A vos cada suspiro te va a doler como limón
sobre el tajo.

Soy yo el que deja fantasmas 
sobre las perchas, 
soy yo el de las aceitunas muertas 
en la puerta de la heladera, 
el de la luz quemada en la visera 
de los botiquines, 
el que deja pinturitas secas,
pinceles de piedra, 
arañas 
de cartapesta.

Si me voy no vuelvo. 
Llega un momento en la vida
en que la gente como yo
olvida irremediablemente
cómo regresar.  




José Playo (Córdoba, Argentina, 1974)
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