La mujer escribe y eso es lo que importa










10 de abril de 2015

Valeria Meiller, 2 poemas 2



Obra de David M. Bowers



DE UNA EVOLUCIÓN

Yo te amé desde antes, ahora existe el rayo,
tijera de luz cortando el aire de la noche.
Los grillos se quedaron sordos y se frotan
las patas con arritmia,
una canción disonante, interpretada por tres cuerdas.
Las ranas croan porque temen al agua y las asusta,
nadie lo entiende, la tormenta.
Yo te amé desde antes:
desde el filo almidonado, en las enaguas,
cuando las horas eran blancas porque eran puras y no
porque eran, nada más, blancas. Te amé
cuando el gallo supo la hora exacta, mientras el día
se dividía del tiempo. En esa división, te amé sin saber.
En el norte riguroso de las cosas, en los naturales
regresos de los ciclos y sus correspondencias,
te amé, con y sin sosiego, en el ojo
burgués de la tormenta, con el parte doméstico
del aburrimiento de los otros.
Te amé con la certeza
de que al año siguiente, no importaban
los muertos, volverían
a caer las nueces de sus cáscaras y los hombres
arrastrarían el hierro
de los días para mantener el temple del fuego.
Te amé con la certeza en abril de la leña,
en verano de los leñadores y en invierno
de las tormentas que habían derribado los árboles.
Y ahora que no te amo, en mi universo
sólo existe, boreal,
la forma endeble de la nieve.
Los fantasmas regresan,
noche tras noche, sin lámpara que los espante.
Ahora que no te amo, en los pliegues planchados
son siempre cómicas las mangas de camisa.
Ahora que todo es
irreal, anónimo, fortuito: las vacas suben como cantidades allá,
en la cuesta,
enfiladas a la par prudente de los álamos como puntadas de hilo
que atraviesan el nácar sin brillo de un botón.

(extraído de la página de Ezequiel Zaidenwerg)





Obra de Ramez El Saïd





TILO

Era el mes de las hojas:
cada diciembre una tila blanca, el olor en las ventanas- 
y se acodaban para ver:
una hoja del sueño y en el sueño: una mujer 
los hijos de los árboles en un brazo debajo
como un ala. 
En el país donde crecían 
la tierra estaba húmeda, la lluvia 
se contaba en la lengua, en la palma de la mano.
Flores blancas, principios blancos también: 
cuarenta y nueve años al pie de una raíz 
que tenía en el fondo las escamas.
Del otro lado estaba el agua- la dársena donde corrían los hombres.
Llegaron en los barcos, 
pusieron un pie blanco en la tierra y después:
todo era largas extensiones, largas horas con cartas a caballo-
Querido: te escribo con la última luz, cuando esta carta llegue…
Esperaban.
Las horas levaban como la harina blanca 
y se hacían pan. 
Los años por venir
se celebraban en el trigo, se ponían de noche
al borde de la cama para rezar. 
Querido: cuando esta carta llegue será 
primavera en la historia de los árboles, tendremos
palo a pique las piernas 
formando el corral de la familia:
una piedra de clemencia para el tiempo, 
las batallas blancas de la leche, 
la corteza roída por amor a la tierra. 
Ella dijo.
El árbol del aroma es el árbol del sueño.
Del suelo subía un perfume ligero
y se miró los pies:
un árbol le brotaba en el arco con una flor blanca
–en el sueño del tilo a ella
le crecían hojas en la axila y la flor en la planta,
caminaba sobre un colchón de flores–.
Una melodía simple 
de voz y de piano llegó 
con un viento del norte en una lengua extraña 
y decía.
… en la frente del viento el tilo
cae sobre su propio pie: el corazón del árbol es un órgano
que no se parte sin el hacha. El corazón del hombre
es un bisel del mundo, una raíz. 
El dijo.
El origen en la vereda del campo es fértil: un niño planta, 
otro rama pelada y flor
de desnudez todavía. Las hojas que hagan la sombra
van a venir después. En el comienzo:
mundo sencillo de dos partes
árboles perennes los que no pierden las hojas
arboles caducos los que sí.
¿Y los niños? 
Suaves:
un pulgar roído de pasarse la lengua.
Ella pensó y no dijo que los niños
de los árboles no tienen, no podrían tener,
raíces 
y le salía una hoja
verde oscuro en la cavidad del brazo.
Ahora abría que armar una nueva
taxonomía para los niños:
seguir la curvatura del tronco, del pie, de los niños hirviendo el té 
en el agua de su propio cuerpo.
Todavía quedaba por decir:
para los niños colgados de los árboles
hay un borde aserrado con un jardín de huérfanos y la intuición 
para beber la rama de los dedos .
¿Dormirán, duermen, los niños de los tilos?
Es el tiempo de la caída de las hojas y todavía falta
el fin de enero, febrero completo y el principio de marzo.
Hace cinco veranos que no llueve.

(extraído de su BLOG)







Valeria Meiller 
(Azul, Buenos Aires, Argentina, 1985)
Reside en Brooklyn, Nueva York
POETA/TRADUCTORA/CRÍTICA CULTURAL/EDITORA Y DOCENTE
para leer poemas de El mes raro, Dakota editora, 2013
sus colaboraciones en THE BUENOS AIRES REVIEW  

su blog: FIN DE TEMPORADA


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