La mujer escribe y eso es lo que importa










5 de agosto de 2015

Virginia Cantó, 3 poemas 3


Ilustración de Apollonia Saintclair




RECAPITULACIÓN DE UN PRINCIPIO

Al cerrarse los libros
comienzan a escribirse las historias.

Como en tus labios cerrados
la boca empozada de tus verbos
los pasos de tu sombra cuando esperas
encontrar en mi voz el rumor de la carne,
la piel abierta y malherida
que deja el amor cuando nos roza.

Es un hecho fáctico
                                 y predecible:
el asesino siempre vuelve al lugar del crimen
con el austero regocijo de la desconfianza,
como tú vuelves a mí como en hallazgos
igual que el sediento busca su poza
y el hambriento busca sus virtudes.

No sé qué quieres de mí.
De la piel que queda cuando arañas
los párpados del mundo
con las uñas acechantes de epidermis,
el trazo que queda en tu mano tras mi carne.

Soy la línea extendida ante tus ojos,
ecuación pretérita o futura,
presente o el tiempo en que tú elijas conjugarme
el trazo difuso del verbo por mi cuerpo,
un ángulo agudo, el portagrados,
un diapasón que marcha a tu latido.

No puedo culparte.
Eres el hecho empírico de lo incorpóreo
y sólo me diste
aquello que antes aprendiste a quitarme.

Y te miro.
Y sé que al cerrarse los libros
empiezan a contarse las hazañas
en la recapitulación cierta del principio.

 (de Fe de erratas, Editorial Biblioteca Nueva, 2010)




Fotografía de Oleg Oprisco


VI(D)AS CRUZADAS

Crecí cerca de las vías del tren
quizás por eso aprendí temprano
que el cuerpo y la prisa viajan
en el mismo vagón de cercanías
ticando el mismo ticket
de raíl apresurado, oxidando
las muñecas de los hombres
las tibias atropelladas
de un siempre llegar tarde en los relojes.
Los trenes, como los hombres,
tienen las venas de acero
y palpitan carbones en las noches
como el rumor compás del pecho de mi madre
acunando mi cuerpo ferroso;
siderúrgico;
destetado
amamantando el gozo inoxidable
de estar siempre yéndose,
estático y marchado
en vagones que poco dicen de uno mismo
siempre recién llegados
para rompernos las nucas de viajeros urgentes.

 (de Fe de erratas, Editorial Biblioteca Nueva, 2010)



Fotografía de Julia Fullerton-Batten


REUNIÓN FAMILIAR


En pan y mantel se sirve el plato tibio
de las reuniones familiares.
De ancestros y estirpes las patas de una mesa
redonda y angosta para albergar los silencios
que cada cual reinventa con los años.
Las copas altas y esbeltas como esfinges
y una flor de invierno a modo de epicentro,
rosa de los vientos descontemporaneizada.

Uno aprende ese idioma con el paso del tiempo,
la lengua consanguínea de la compostura,
la mirada de la crema fría
y el café en reponso de las sobremesas.

En realidad el único fin es sentarse erguido,
guarecer rodillas con temblor de servilleta
y usar de fuera a dentro los cubiertos del tiempo.

Lo curioso es observar la trascendencia atmosférica,
el valor que la desertificación y el reciclaje
adquieren en la estirpe
como viejos compañeros de juegos y fotografías.

El tráfico y el cambio climático son ya parte
del árbol genealógico que reinventas,
primos hermanos, ancianos bisabuelos,
o aquel tío segundo que marchó a hacer las Américas.

Todos tienen nada prendido de la boca
que fermenta con rumor de cucharillas
y vino blanco para acompañar el pescado.

Las reuniones familiares son mesas que flotan
                                                                en un vaso de agua.
Pásame la sal. Gracias. Ese año hubo buena cosecha
y un olor a ceniza y hierba recién quemada.

Masticando se reescriben los recuerdos innombrables,
los que no tuvimos y modelamos
con la flexibilidad de un cubierto de arcilla.

Son las cinco de la tarde.
Las migas de pan forman surcos de nostalgia
y reposan los recuerdos en el poso del vaso.

Pronto nos veremos, parece que fue ayer,
abróchate el abrigo, que la tarde se derrumba
y sentiremos frío.



Virginia Cantó (Murcia, España, 1985)
para leer una ENTREVISTA

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