La mujer escribe y eso es lo que importa










13 de julio de 2017

Ellen Bass, Basta


Fotografía de Gabriele Chiapparini



BASTA

Enough seen….Enough had....Enough…
                             —Arthur Rimbaud

No, nunca será suficiente. Nunca
suficiente el viento clamoroso en los árboles,
el sol y la sombra que maneja la hoja, nunca es suficiente el sonido metálico
del martilleo de mi vecino,
los clavos de hierro, la madera que cede, las ondas de sonido
que lamen los tejados, nunca es suficiente
el quehacer de las abejas en las gargantas
de lirios. ¿Cómo podríamos saciarnos
con la carne de los tomates maduros, el único
olor de sus hojas machacadas. Se precisarían muchos
nacimientos para esa aspereza.

Vida culpable. Solo es eso lo que más queremos.
Lluvia de verano. Barro. Una taza de té.
Nuestros dientes, nuestros ojos. Un bebé en un cochecito.
Otra cucharada de crème brûlée, el dulce crujir de la corteza quemada.
Y duchas calientes, amorosas, amorosas duchas calientes.

Hoy fue un buen día.
Mi suegra se sentó en el porche, comiendo galletas y queso
con un margarita aguado
y aunque sus uñas ya no despiden luz roja
y no puede recordar quién está vivo y muerto,
de todos modos, este fue un día sin llanto, sin un llanto imparable.

Anoche por la pequeña ventana de mi portátil
vi a un hombre moribundo suicidándose en Suiza.
Llevaba una camisa azul y la nieve caía
sobre una pequeña casa azul, sobre las oscuras agujas de pinos y de abetos.
No salió fuera a sentir la nieve en la cara.
Se sentó en una mesa junto a su mujer para beber veneno.

En internet encontré una bolsa de plástico con velcro
y un orificio para el tubo de un tanque de propano. No tendría
que mover nuestro Weber. Tan solo me bastaría deslizarme
por el estuco de las losas, donde las malas
hierbas brotan a través de las grietas.
Tal vez no sería peor
salir fuera mientras miro las hojas amarillentas de la vieja Camelia.
Y desde allí podría ver los pollos arañando,
si es que tenemos pollos todavía.

Este pequeño sombrero de vida, ¿cómo llegaré
a quitarlo, mientras todavía puedo superarme? Gorro de lana ,
cofia de encaje, la campana amarilla con el velo de color amarillo.
Lo llevé en la Pascua al cumplir trece años y mi madre me dejó pasear
con Tommy Spagnola en el paseo marítimo de Atlantic City.

Oxígeno, oxígeno, el llanto del cuerpo al que uno siempre quiere darle
lo que desea. Pero debo decir no,
basta, basta, con más ternura
de la que he dado a un amante, el don
del pezón que se endurece bajo mi dedo, más
ternura que a mi recién nacido, al que sostuve todavía salpicado
con mi sangre. Le voy a dar el más suave rechazo
a este querido y mudo animal y apretaré
el broche alrededor de mi garganta que fue una vez besado y besado
hasta que la sangre no pudo descansar en su cauce aunque se elevara
hasta la superficie como un pez que no puede aguardar a su captura.


ENOUGH

Enough seen….Enough had....Enough…
                           —Arthur Rimbaud

No. It will never be enough. Never
enough wind clamoring in the trees,
sun and shadow handling each leaf, never enough clang
of my neighbor hammering,
the iron nails, relenting wood, sound waves
lapping over roofs, never enough
bees purposeful at the throats
of lilies. How could we be replete
with the flesh of ripe tomatoes, the unique
scent of their crushed leaves. It would take many
births to be done with the thatness of that.

Oh blame life. That we just want more.
Summer rain. Mud. A cup of tea.
Our teeth, our eyes. A baby in a stroller.
Another spoonful of crème brûlée, sweet burnt crust crackling.
And hot showers, oh lovely, lovely hot showers.

Today was a good day.
My mother-in-law sat on the porch, eating crackers and cheese
with a watered-down margarita
and though her nails are no longer stop-light red
and she can’t remember who’s alive and dead,
still, this was a day
with no weeping, no unstoppable weeping.

Last night, through the small window of my laptop,
I watched a dying man kill himself in Switzerland.
He wore a blue shirt and snow was falling
onto a small blue house, onto dark needles of pine and fir.
He didn’t step outside to feel the snow on his face.
He sat at a table with his wife and drank poison.

Online I found a plastic bag complete with Velcro
and a hole for a tube to a propane tank. I wouldn’t have to
move our Weber. I could just slide
down the stucco to the flagstones, where the healthy
weeds are sprouting through the cracks.
Maybe it wouldn’t be half-bad
to go out looking at the yellowing leaves of the old camellia.
And from there I could see the chickens scratching—
if we still have chickens then. And yet…

this little hat of life, how will I bear
to take it off while I can still reach up? Snug woolen watch cap,
lacy bonnet, yellow cloche with the yellow veil
I wore the Easter I turned thirteen when my mother let me
    promenade
with Tommy Spagnola on the boardwalk in Atlantic City.

Oxygen, oxygen, the cry of the body—and you always want to
    give it
what it wants. But I must say no—
enough, enough
with more tenderness
than I have ever given to a lover, the gift
of the nipple hardening under my fingertip, more
tenderness than to my newborn,
when I held her still flecked
with my blood. I’ll say the most gentle refusal
to this dear dumb animal and tighten
the clasp around my throat that once was kissed and kissed
until the blood couldn’t rest in its channel, but rose
to the surface like a fish that couldn’t wait to be caught.

Originalmente publicado por Academy of American Poets




ph Irene Young
Ellen Bass
(Filadelfia, Pensilvania, EE.UU., 1947)
Traducción de Ana Gorría
para leer más en: REVISTA CRÍTICA
y en inglés en: PEONY MOON
su WEB
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