28 de abril de 2018

Eugenia Almeida, Manchas en la pared



Fotografía de Dorothy Shoes



MANCHAS EN LA PARED

Todas las lluvias que nos han marcado.
La huella de lo que hemos sido y lo que ha quedado.
La vida pequeña, 
la inmensa, las horas que se construyen 
y se deshacen.

Manchas en la pared.
Por el sol y por el agua.
La luz que llega y se retira. 
El ventanal por el que ha entrado
lo improbable y lo imposible.

De eso estamos hechos. 
De lo improbable, 
de lo imposible.

Un farol que acompaña el sueño 
y alumbra lejos 
desde la calle
cuando se vuelve al reparo.

Piedra sobre piedra. 
Quién sabe de dónde salió la casa 
que hoy nos sostiene y nos ancla.

Hemos escuchado historias.

Las del pueblo.

Las que tejen una desgracia, un derrumbe, una tragedia.

La casa en la que nadie quería vivir.

Y, sin embargo,
nosotros
vimos ahí 
una grieta, 
una fisura,
un modo de estar que desarma esa herencia.

Vivimos en lo que la gente llama
la casa del fuego.

Donde nacieron 
esos dos que encendieron
antorchas terribles.

Esos nunca nombrados, 
los dueños de un linaje terminado,
sofocado,
extinto.



desde que llegamos
todos nos miran
con cierta alerta.

Como si fuéramos hijos de eso que no se nombra.

Pero 
nosotros
somos de afuera.

Siempre seremos de afuera.

Cuando llegamos
reconocimos algo que parecía olvidado
y luego recuperado. 
Los recuerdos por hacer.
Lo que iba a venir.
Lo que seríamos. 
Esta casa.

Lo verde como un salvaje sereno que va tomando cuerpo.
Nosotros como una boya que apenas se mueve.
La incertidumbre que duerme al volver a casa. El lugar donde reposa una zozobra
que nunca cede.

Pero aquí, aquí, en esta casa. 
Es posible
pensar
en caravanas de ojos
que recorren un desierto
sin saber
qué es el reparo,
qué el detenerse,
qué el dejarse ir en un perfume
propio,
conocido,
construido en días y días 
de rituales pequeños.

En esta casa 
es posible pensar en barcos y bodegas oscuras, 
en los que se trepan a última hora en un puerto, 
los que muerden la piedra,
los que tallan la noche,
los refugiados en sus campos tierra de nadie, 
los migrantes los desplazados.

Aquí
es posible pensar
en todos los que no tienen esto. 
Techo, una pared donde el agua deja huella, 
una oscuridad donde se aflojan los cuerpos 
conscientes de la enorme fortuna,
la imposible
improbable
fortuna
de haber encontrado guarida
en un mundo de infierno.

Lo demás son leyendas de pueblo.

extraído de: ETERNA CADENCIA






Eugenia Almeida
(Córdoba, Argentina, 1972)
ESCRITORA/PERIODISTA
LICENCIADA EN COMUNICACIÓN SOCIAL
para leer una entrevista en: EDICIONES DOCUMENTA/ESCÉNICAS
en TWITTER
su BLOG

2 comentarios:

RECOMENZAR dijo...

Hola querida
no sé ni cómo llegué aquí
Vengo de Miami soy argentina tambi♪n
Un placer ha sido el encontrarte y leerte..........un placer

Miriam Tessore dijo...

RECOMENZAR, el gusto siempre será mío
un abrazo

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